El hombre de acero: … ¿pero ya han jubilado al anterior?

Lorenzo Chedas Redondo
Lorenzo Chedas Redondo, crítico de cine

Cuando Bryan Singer nos presentó su personal visión del hombre de acero en Superman Returns, todos nos echamos las manos a la cabeza y engolamos un sonoro grito. Nadie fue quién de encontrar explicación a cómo la misma persona que había rescatado del ostracismo al mundo de los superhéroes a comienzos del nuevo milenio a través de los X-men había convertido a Clark Kent en un afeminado efebo con excesiva carga emocional.

Como en la vida, cuando algo sale estruendosamente mal en el cine, lo mejor es obviarlo. Christopher Nolan acudió al rescate de un Batman que había terminado su periplo con aquel demencial Batman & Robin que, entre otros momentos legendarios, contenía pezones en ristre, Batgirls con sobrepeso y hasta una Batman Visa Card. Lo mismo intentó Louis Leterrier con El increíble Hulk, en donde quiso que todos olvidáramos aquel excesivamente filosófico y tedioso Hulk que Ang Lee pretendió colarnos. ¿Spider-man? Raimi realizó un excelente trabajo y la revisión que se hizo de su legado en The Amazing Spider-man se antojó tan innecesaria como sorprendentemente notable. Paradojas de la vida.

Zack Snyder, muy desafortunado últimamente en la taquilla, no ha resucitado en soledad a Superman. Ha sido lo bastante zorro como para cederle la pluma a Nolan, el mismo que encumbró al nuevo Batman (y a sí mismo) hasta el infinito.

El problema es que la triquiñuela se evidencia al instante: retumban en El hombre de acero demasiados ecos de la pesadumbre del Batman “emo” de Nolan. Hay aquí un nuevo Superman empeñado en ser lo más tosco en formas y parco en palabras posibles, desmarcándose lo máximo posible del Superman de Singer en el que Brandon Routh acababa resultando más femenino incluso que su partenaire femenina Kate Bosworth. Y es aquí en donde se sitúa el epicentro del problema: rechina en el nuevo Superman un obsesivo empeño a la hora de intentar subsanar errores pasados y ello acaba produciendo una sensación de absoluta falta de personalidad. Así, se han sustituido las explicaciones por explosiones y los enredos amorosos (terriblemente mal ejecutado aquí el binomio Kent-Lane) por persecuciones. Sin embargo, lo que ha dejado intacto Snyder es esa imagen de un Superman que, más que como un héroe se muestra como un coloso demasiado consciente de su importancia y demasiado dramático. En definitiva, un héroe extremadamente narcisista en una historia demasiado bigger than life.

Nadie niega que todos merecemos segundas oportunidades, inclusive los superhéroes que, todo sea dicho, nunca deberían errar. La cuestión es que la situación se torna harto difícil a la hora de borrar las huellas del pasado, máxime si el disgusto de la platea todavía se siente reciente. Superman necesitaba una segunda oportunidad, pero quizá no tan pronto ni de esta manera. Hay que dignificar de nuevo al héroe que salva al mundo, no convertirlo en el siguiente de la cadena de montaje. Al final, lo que queda en El hombre de acero es la desazón a la hora de comprobar cómo simplemente es el parche que necesitaba la rueda pinchada. ¿Cuántos kilómetros va a aguantar hasta que la rueda vuelva a deshincharse? Poco importa, siempre puede dársele otro lavado de imagen o la jubilación anticipada. Que las cosas no están como para perder el tiempo en subsanar errores, es más fácil taparlos…

Puntuación: **

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