Nunca cojas caramelos de extraños

Amar el cine negro y no dejarse embelesar por la grandiosidad de la obra de Fritz Lang es un crimen, un delito de sangre simbólico perpetrado por ignorancia, desidia o agravante alevosía.

Al autor alemán debemos obras de culto como la futurista y fascinante Metrópolis (1927), filme expresionista con toques de surrealismo que se erige como una representación ficcionada de la lucha perenne entre fuerzas del trabajo y el capital, o Perversidad (1945), primer título de su periodo estadounidense al que debemos personajes tan llenos de magnetismo como Kitty, con Joan Bennet en el papel dual de víctima y femme fatale, o el entrañable a la par que tonto Christopher Cross, interpretado magistralmente por Edward G. Robinson, un remedo del Cándido voltairiano reconvertido en los últimos estertores del metraje en verdugo atormentado.

M, el vampiro de Düsseldorf (1931), uno de los trabajos culmen del director, narra la investigación sobre el asesinato de varias menores en la ciudad alemana. A través de técnicas narrativas que dejan ver sin mostrar, con planos detalle elocuentes y silencios dramáticos, Fritz Lang nos cuenta la persecución y captura del villano. La historia adquiere un giro genial cuando a las indagaciones de la Policía se unen las de la organización criminal que ve peligrar sus ganancias ante las continuas redadas de las fuerzas del Estado en su empeño por atraparlo.

Es particularmente notable el hecho de que en ningún momento la violencia es explícita, y a pesar de ello la cinta nos transmite todo el horror de la situación.

En el plano moral el dilema se deja traslucir en el juicio llevado a cabo por la banda del hampa. La pena capital es el clamor popular; Franz Becker, el acusado (un inquietante Peter Lorre), aduce en su defensa la imposibilidad de controlar sus impulsos asesinos.

Su defensor se agarra al mentado argumento porque, ¿cómo juzgar culpable a quien no es responsable de sus actos? Finalmente es salvado por las autoridades, por la mano que simboliza la Ley. M, el vampiro de Düsseldorf termina en las cortes y con la imagen demoledora de las tres madres de las víctimas que nos recuerdan que a pesar de la sentencia, sus hijas nunca regresarán a la vida.

Una película brillante de principio a fin, cuyo poderoso influjo se dejó notar en la impronta creadora de autores imprescindibles como Alfred Hitchcock. Uno de los exponentes del género noir y del séptimo arte de principios del siglo XX.
Y una moraleja: nunca cojas caramelos de extraños.


FICHA

Título: M, el vampiro de Düsseldorf

Nacionalidad: Alemania

Año: 1931

Dirección: Fritz Lang

Reparto: Peter Lorre,Otto Wernicke, Gustaf Gründgens, Theo Lingen, Theodor Loos, Georg John, Ellen Widman, Inge Landgut

Sobre Daisy Yang 64 artículos
Periodista

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