La vida universitaria que termina

Recrear un escenario que en los libros permanece intacto. Eso es lo que ocurre en La casa de la Troya Estudiantina (1915) de Alejandro Pérez Lugín que inmortalizó la vida universitaria en la Compostela de finales del XIX. La Casa de la Troya (la pensión regentada por doña Generosa), la Casa das Crechas, la rúa do Preguntoiro, la rúa Nova o el Hórreo son los testigos de las andanzas de los universitarios y miembros de La Tuna de esos años en que Santiago albergaba todo su esplendor. El protagonista de la novela es Gerardo Roquer, un madrileño al que su padre pretende calmar enviándolo a estudiar derecho a la tranquilidad de Santiago. El libro relata el aburrimiento y el sopor de los primeros días, y la evolución  hacia la felicidad del final de la época estudiantil.  Gerardo aprende, como todos los que hemos llegado después de él, que la lluvia incesante y las piedras negras y parduzcas esconden mucha fiesta y amistad. El madrileño se enamora y vive las contrariedades del amor por la joven Carmiña de Castro.

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La casa da Troya, un museo que se puede visitar hoy en día en Santiago

Y en medio de toda esta evolución interna, la Casa de la Troya es la pensión de los encuentros, la causante de los primeros cambios y el lugar de los grandes cambios en las vidas de los jóvenes que en ella convergen.

Lo que nos enseña este libro es que la época universitaria en la capital gallega crea y fortalece unos vínculos que nunca serán como en la misma ciudad. También viene a ser un cante a la belleza santiaguesa, un querer capturar ese instante, la magia de Compostela. Y es que por mucho que pasen los años, muchos jóvenes seguirán llegando inocentes, extrañando sus lugares de origen, sin saber que Santiago los atrapará tarde o temprano, hasta llegar a sentir nostalgia de los años pasados allí.

La Casa de la Troya es un libro mágico en cuanto a la descripción de esa vida universitaria, de los años de finales del XIX en una pensión que aún se puede visitar hoy en día. La historia que relata, así y todo, es muy costumbrista y cae en demasía en tópicos gallegos. Lo que lo hace valiosos es la recogida de cantos populares, que logran expresar el imaginario social de la época.

Una de los comedores donde se reunían los estudiantes en la pensión
Una de los comedores donde se reunían los estudiantes en la pensión

Lo cierto es que ha sido éste un libro encontrado en el momento justo: el fin de mi época universitaria que, al igual que la de Gerardo Roquer, termina mejor de lo que empezó. Además, descubrí también este libro poco después de enterarme del cierre de una de las pensiones más antiguas: Casa Román. Esto me augura que Santiago va perdiendo la esencia que lo caracteriza según pasan los años:

“Yo ruego a la rosa voluble y arbitraria que preside los destinos de los hombres, que vuelque sobre todos nosotros los dones de su favor… Pero, por mucho que quiera protegernos, nunca nos dará tanto como hemos tenido, como perdemos ahora. Podrá colocarnos en las que la imbecilidad o cortedad de vista de las gentes llama cumbres, pero nunca volverá a ponernos tan alto como hemos estado, porque nunca más, ¡ay, amigos!, seremos estudiantes…”

Por todo esto, es cuando certifico que Santiago tiene un color especial, y sus calles empedradas son las que lo hacen así.

Más información: en la página web de la Casa de la Troya se explica el ambiente donde se desarrolla la novela y el museo de la antigua pensión de estudiantes, además de su historia y la relación con los personajes esbozados por Alejandro Pérez Lugín.

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Periodista

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